El Eco del Reloj de Arena

El Eco del Reloj de Arena

By Isabel Quiñones

scifi · 2026-04-23

Elara Márquez, una joven con la habilidad de sentir anomalías temporales, detecta una poderosa grieta en el tiempo. Su mentor, el Profesor Ayala, intenta advertirla, pero es absorbido por el portal. Elara descubre que el Profesor Ayala ha sido enviado al año 1985, atrapado en la grieta temporal.

Capítulo 1

El Eco del Reloj de Arena

El silbido agudo resonó a través del taller, un lamento metálico que me caló hasta los huesos. No era una alarma común; era el preludio a una anomalía temporal, una grieta en el tejido del tiempo que solo yo, Elara Márquez, podía sentir en lo más profundo de mi ser.

El taller, mi santuario, estaba repleto de cachivaches y maravillas tecnológicas: bobinas Tesla zumbando suavemente, pantallas holográficas parpadeando con ecuaciones complejas, y el corazón de todo, el Cronotrón, una esfera de cristal imponente rodeada de anillos de cobre grabados con glifos ancestrales.

Vivíamos en Nueva Cádiz, una metrópolis reluciente construida sobre las ruinas de la antigua Cartagena. Era el año 2147, y la humanidad había dominado los viajes en el tiempo, o al menos, eso creíamos. La Corporación Tempus, la todopoderosa entidad que controlaba la tecnología temporal, proclamaba a los cuatro vientos que los viajes en el tiempo eran seguros y regulados, pero yo sabía la verdad: el tiempo era un río turbulento e impredecible, y la Corporación solo estaba chapoteando en la superficie.

La anomalía se intensificó, la esfera del Cronotrón brilló con una luz cegadora, y el aire se cargó de estática. Un escalofrío me recorrió la espina dorsal. Esta no era una grieta menor; era algo mucho más grande, algo que amenazaba con desgarrar la propia realidad.

De repente, una voz rasposa interrumpió mis pensamientos. Era el Profesor Ayala, mi mentor y el único que conocía la verdad sobre mis habilidades. "¡Elara, rápido! ¡La grieta se está expandiendo! ¡Tienes que estabilizarla antes de que..." Su voz se cortó bruscamente, reemplazada por un silencio sepulcral.

Corrí hacia el Cronotrón, mis dedos danzando sobre los controles. Las lecturas eran caóticas, la energía fluctuaba violentamente. Sabía que no tenía mucho tiempo. Introduje una secuencia de estabilización de emergencia, conteniendo la respiración mientras el Cronotrón emitía un pulso de energía que sacudió todo el taller.

La luz disminuyó, la anomalía pareció estabilizarse, pero algo andaba mal. Muy mal. En lugar de cerrarse, la grieta se había transformado en un portal, un agujero negro brillante que succionaba todo a su alrededor. Y justo en el centro, distinguí una figura familiar, congelada en el tiempo, gritando silenciosamente: ¡el Profesor Ayala! Pero lo que más me heló la sangre fue la fecha que podía leerse justo encima de él: 17 de agosto de 1985.

Continuar al Capítulo 2