El Cronómetro de Obsidiana

El Cronómetro de Obsidiana

By Paula Vargas

scifi · 2026-04-23

Yeray despierta en un campo de batalla devastado tras un experimento de viaje en el tiempo que salió horriblemente mal. Descubre que ha viajado siglos al pasado, específicamente al 12 de octubre de 1492, un destino muy diferente al que esperaba. Se encuentra con una joven aterrorizada y se enfrenta a conquistadores españoles armados, uno de los cuales le apunta con un arcabuz.

Capítulo 1

El Cronómetro de Obsidiana

El olor a ozono quemado le taladró las fosas nasales, mezclándose con el hedor metálico de la sangre. Máquinas retorcidas, humeantes, yacían a su alrededor como cadáveres de bestias mecánicas. El aire vibraba con una energía residual, un eco fantasmal del cataclismo que acababa de ocurrir. Yeray tosió, sintiendo un dolor agudo en las costillas al intentar incorporarse. ¿Dónde demonios estaba?

Recordaba el laboratorio, las luces parpadeantes, el zumbido del Acelerador Temporal Xibalbá mientras los científicos de CronosCorp ajustaban los diales. Recordaba la cuenta regresiva, el destello cegador, y luego… la nada. Ahora, la nada era un campo de batalla devastado, salpicado de escombros y un silencio sepulcral roto solo por el crepitar ocasional del fuego.

Se arrastró hasta un fragmento de pared que aún se mantenía en pie, buscando a tientas su cronómetro. El Cronómetro de Obsidiana. Un dispositivo complejo de engranajes grabados con glifos mayas, el único prototipo funcional de su tipo. Lo encontró, milagrosamente intacto, atado a su muñeca. La pantalla parpadeaba con una fecha: 12 de octubre de 1492.

Sintió un escalofrío que no provenía del frío. 1492. ¡Imposible! El Xibalbá estaba calibrado para enviarlo solo unos años al pasado, no siglos. Miró a su alrededor con renovada desesperación. Los restos de las máquinas eran mucho más primitivos que la tecnología de CronosCorp. Parecían… herrumbrosas. Arcaicas. No eran suyas.

De pronto, un grito desgarrador rompió el silencio. Yeray se agachó instintivamente, sacando la pistola sónica que llevaba en la cartuchera. Era un grito humano, lleno de terror. Se movió con cautela entre los escombros, con el corazón latiéndole a mil por hora. Entonces la vio. Una joven, vestida con ropas extrañas, mirándolo con los ojos desorbitados por el miedo. Detrás de ella, emergiendo de la niebla matutina, figuras grotescas con armaduras brillantes y espadas de acero. Conquistadores. Y uno de ellos apuntaba directamente a Yeray con un arcabuz.

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