Balas y Orquídeas en Cartagena

Balas y Orquídeas en Cartagena

By Sofía Estévez

romance · 2026-04-23

Abril, hija de un poderoso Don en Cartagena, se ve obligada a casarse para fortalecer alianzas del cartel. Ella se enamora de Dante, un hombre ajeno a ese mundo. Después de años de matrimonio infeliz y la muerte de su esposo, Abril se encuentra a merced de Dante, ahora un miembro del cartel rival, quien recibe la orden de matarla, pero se niega. Intenta huir, pero es traicionada y capturada.

Capítulo 1

La deuda de sangre de Abril

El cañón frío del arma presionaba contra mi sien, un beso helado que prometía un final abrupto. No era así como había imaginado mi vigésimo primer cumpleaños.

"Lo siento, Abril," susurró la voz ronca de Dante, el hombre que una vez juré amar, el hombre que ahora sostenía mi destino en sus manos temblorosas. Sus ojos, antes llenos de adoración, ahora reflejaban una tormenta de culpa y desesperación. "No hay otra manera."

Mi garganta se cerró, impidiéndome siquiera suplicar. Sabía que Dante no quería hacerlo. Era un peón en un juego mucho más grande, un juego donde la sangre y la lealtad eran las únicas monedas válidas. Un juego que mi familia, los Benavides, habían estado jugando durante generaciones.

Cinco años antes.

La brisa marina acariciaba mi rostro mientras corría por las calles empedradas de Cartagena, Colombia. El sol brillaba, pintando las casas coloniales con tonos dorados y cobrizos. El aroma de arepas y café recién hecho flotaba en el aire, una sinfonía de olores que siempre me hacían sentir en casa. Era una mañana perfecta, una burbuja de normalidad en mi vida, una vida que sabía que pronto cambiaría.

Mi padre, Rafael Benavides, era el Don de uno de los carteles más poderosos de la ciudad. No era algo que se gritara a los cuatro vientos, pero todos en Cartagena lo sabían. Vivíamos en una jaula dorada, rodeados de lujos y comodidades, pero siempre bajo la atenta mirada de guardaespaldas y la constante amenaza de nuestros rivales.

Ese día, mi padre me había citado en su oficina. Sabía que se trataba de "el asunto". Mi mayoría de edad se acercaba, y con ella, la inevitable discusión sobre mi futuro dentro de la organización.

Entré en su despacho con paso firme, intentando ocultar el miedo que me atenazaba el estómago. Mi padre estaba sentado detrás de su escritorio de caoba, su rostro curtido por el sol y las cicatrices de una vida de violencia. Era un hombre imponente, pero siempre había sido mi héroe, mi protector.

"Abril, mi niña," dijo, su voz sorprendentemente suave. "Siéntate."

Obedecí, tomando asiento frente a él. El silencio se prolongó, cargado de tensión. Finalmente, mi padre suspiró y entrelazó sus manos sobre el escritorio.

"Sabes por qué estás aquí, ¿verdad?"

Asentí. "Sobre mi futuro."

"Sí. Ya eres una mujer. Y como mujer Benavides, tienes responsabilidades."

Sabía a qué se refería. Todas las mujeres de mi familia, tarde o temprano, terminaban casándose con hombres poderosos, ya fueran socios o rivales, para fortalecer alianzas y asegurar la estabilidad del cartel. Era un sacrificio que se esperaba de nosotras, un precio que debíamos pagar por el apellido que llevábamos.

"He estado considerando tus opciones," continuó mi padre. "Hay varios hombres que estarían honrados de tenerte como esposa. Está el hijo de Vargas, de Medellín. O el sobrino de Guzmán, de México."

Mi corazón se hundió al escuchar esos nombres. Hombres mayores, crueles, despiadados. La idea de pasar mi vida con alguno de ellos me repugnaba.

"¿Y si no quiero casarme?" pregunté, mi voz apenas un susurro.

Mi padre me miró fijamente, sus ojos oscuros reflejando una mezcla de decepción y furia. "No tienes elección, Abril. Tu deber es con tu familia. Con nuestro apellido."

"Pero… yo quiero estudiar, tener mi propia vida. No quiero ser solo una moneda de cambio."

"Tonterías," respondió mi padre, su voz endureciéndose. "Tienes todo lo que una mujer puede desear. Dinero, seguridad, poder. No seas ingrata."

Me levanté de la silla, sintiendo las lágrimas picar en mis ojos. "No me estás escuchando. No me ves."

"Te veo muy bien, Abril. Veo a la hija que amo, pero también a la mujer que debe cumplir con su destino."

Salí de su oficina corriendo, con el corazón roto y la sensación de estar atrapada en una jaula sin salida. Esa noche, decidí que no me resignaría a ser una víctima de las circunstancias. Encontraría una manera de escapar, de forjar mi propio camino.

Un mes después, conocí a Dante. Era diferente a los hombres que me rodeaban. No era un mafioso, no tenía sed de poder ni de dinero. Era un joven sencillo, honesto, con una sonrisa que iluminaba el mundo. Nos enamoramos perdidamente, un amor prohibido que floreció en secreto, a espaldas de mi padre.

Dante trabajaba en una pequeña librería en el centro histórico de Cartagena. Pasaba horas allí, sumergida entre libros y poemas, escapando de la dura realidad de mi vida. Dante me leía versos de Neruda y García Márquez, me hablaba de sus sueños de viajar por el mundo, de escribir su propia novela. Me hizo creer que era posible una vida diferente, una vida llena de amor y libertad.

Pero nuestra felicidad no podía durar para siempre. Mi padre descubrió nuestra relación, y su furia fue implacable. Me encerró en casa, me prohibió volver a ver a Dante. Me advirtió que si intentaba escapar, lo mataría.

Una semana después, Dante fue secuestrado. Lo torturaron, lo interrogaron sobre mi paradero. Mi padre quería darme una lección, mostrarme las consecuencias de mi rebeldía.

Desesperada, accedí a casarme con el hijo de Vargas, con la condición de que liberaran a Dante. Mi padre cumplió su palabra, pero Dante nunca volvió a ser el mismo. Estaba roto, traumatizado, marcado para siempre por la violencia del cartel.

Me casé con Vargas, pero mi corazón nunca le perteneció. Viví un infierno durante cinco años, soportando sus abusos y humillaciones, todo por proteger a Dante. Sabía que mi padre lo vigilaba de cerca, esperando cualquier excusa para eliminarlo.

Pero ahora, cinco años después, aquí estaba, con el cañón de un arma presionando contra mi sien, a manos del hombre que amaba. El hijo de Vargas había muerto en un ajuste de cuentas entre carteles rivales. Y según las reglas de este mundo cruel, yo, como viuda, pasaba a ser propiedad del cartel que lo había matado, el cartel de Dante.

"Lo siento, Abril," repitió Dante, las lágrimas resbalando por sus mejillas. "Pero el Don ha dado la orden. Debo hacerlo."

Cerré los ojos, esperando el disparo. Pero en lugar del estruendo, sentí que Dante retiraba el arma. Abrí los ojos y lo vi temblando, con el arma en la mano. "No puedo," dijo, su voz quebrada. "No puedo hacerlo."

De repente, la puerta se abrió de golpe. Dos hombres armados irrumpieron en la habitación, apuntando sus armas a Dante. "¿Qué estás haciendo, idiota?" gritó uno de ellos. "¡Cumple con la orden!"

Dante me miró con desesperación. "Corre, Abril. Corre y no mires atrás."

Antes de que pudiera reaccionar, Dante se abalanzó sobre los hombres, iniciando un tiroteo dentro de la habitación. Aproveché la confusión para huir, corriendo por los pasillos de la mansión, sin saber a dónde iba, solo con la necesidad de escapar.

Al llegar al jardín, vi una camioneta negra que se acercaba a toda velocidad. Reconocí el rostro del conductor: era Mateo, uno de los guardaespaldas de mi padre, un hombre de confianza que siempre me había tratado con respeto.

Me acerqué corriendo a la camioneta, con la esperanza de que me ayudara a escapar. Pero al llegar a la puerta, Mateo me apuntó con su arma. "Lo siento, Abril," dijo, con una mirada fría y despiadada. "Pero mi lealtad es con tu padre. Y él quiere que vuelvas a casa."

Continuar al Capítulo 2