Apellidos que Separan

Apellidos que Separan

By Camila Rosales

romance · 2026-05-12

Soledad, la hija de Don Rafael Vargas, se reencuentra con Adrián Mendoza, el hijo de su enemigo, tras años de separación. Adrián revela una impactante verdad: Don Rafael no murió de un ataque al corazón, sino que fue asesinado. Adrián confiesa que su propio padre fue el responsable, dejando a Soledad en estado de shock y marcando el inicio de una nueva y peligrosa etapa en su vida.

Capítulo 1

El eco de un apellido prohibido

El primer beso supo a sal y a pecado, robado bajo el inclemente sol de Sevilla, entre naranjos en flor que parecían burlarse de nuestra inocencia. Sus labios, un edén prohibido que mi corazón, joven e imprudente, no pudo resistir. Ahora, años después, el eco de ese beso resuena en cada decisión, en cada mirada furtiva, en cada secreto compartido.

Adrián Mendoza, heredero de una fortuna amasada con sangre y secretos, era mi perdición. Y yo, Soledad Vargas, la hija de su enemigo, la llama que consumía sus entrañas. Nuestras familias, enfrentadas desde generaciones por una disputa territorial y un rencor ancestral, eran los muros que separaban nuestros mundos.

Mi padre, Don Rafael Vargas, el patriarca de la familia Vargas, un hombre de principios férreos y lealtades inquebrantables, jamás permitiría que su única hija se involucrara con el vástago de sus rivales. Para él, los Mendoza eran la encarnación del mal, la serpiente que había intentado envenenar el legado de su familia.

Crecí escuchando historias de traición y deshonor, relatos que alimentaban el odio y la sed de venganza. Mi infancia estuvo marcada por la sombra de esa guerra silenciosa, una batalla que se libraba en los despachos oscuros y en los campos áridos de Andalucía. A pesar de ello, desde niña sentí una curiosidad malsana por los Mendoza, por el misterio que los envolvía.

La primera vez que vi a Adrián fue en la feria de abril. Yo tenía quince años y él diecisiete. Él destacaba entre la multitud con su cabello azabache y ojos verdes que parecían esmeraldas bruñidas. Su porte aristocrático contrastaba con la atmósfera festiva y bulliciosa de la feria. Su mirada se cruzó con la mía y, en ese instante, el tiempo se detuvo. Sentí una conexión inexplicable, una fuerza invisible que nos atraía como dos imanes.

Durante años, nuestros encuentros fueron esporádicos y clandestinos. Nos veíamos a escondidas en los callejones de Sevilla, en los jardines abandonados, en los rincones olvidados de la ciudad. Cada beso, cada caricia, cada palabra susurrada era un desafío a las normas, una declaración de rebeldía contra el destino que nos había sido impuesto.

Él me hablaba de sus sueños, de su deseo de escapar de la opresión de su apellido, de su anhelo por construir un mundo diferente, lejos de la sombra de su padre. Yo le contaba mis miedos, mis dudas, mis anhelos de libertad. Juntos, creamos un universo paralelo, un refugio donde podíamos ser nosotros mismos, sin máscaras ni ataduras.

Nuestra relación era un juego peligroso, una bomba de tiempo que podía estallar en cualquier momento. Sabíamos que si nuestros padres descubrían nuestro romance, las consecuencias serían devastadoras. Pero el amor que sentíamos era más fuerte que el miedo, más poderoso que el odio que separaba a nuestras familias.

Un día, Adrián me propuso huir. Dejar atrás nuestras familias, nuestros apellidos, nuestro pasado. Empezar una nueva vida en un lugar lejano, donde nadie nos conociera y pudiéramos amarnos libremente. La idea me tentó, pero el miedo me paralizó. No podía abandonar a mi padre, dejarlo solo en medio de la tormenta.

"No puedo, Adrián", le dije con la voz temblorosa. "Mi padre me necesita. No puedo dejarlo solo".

Sus ojos se llenaron de tristeza. "Entonces, ¿qué vamos a hacer, Soledad? ¿Vamos a seguir viviendo a escondidas, como delincuentes? ¿Vamos a renunciar a nuestro amor?".

No supe qué responder. La encrucijada era cruel, la decisión, desgarradora. Amaba a Adrián con toda mi alma, pero no podía traicionar a mi padre. Estaba atrapada entre dos mundos, dos lealtades, dos amores imposibles.

La feria de abril, que había sido testigo de nuestro primer encuentro, se convirtió en el escenario de nuestra despedida. Bailamos sevillanas bajo la luz de las farolillos, con el corazón roto y la mirada perdida. Sabíamos que ese sería nuestro último baile, nuestro último beso, nuestro último adiós.

Después de esa noche, Adrián desapareció de mi vida. Se fue a estudiar a Londres, lejos de Sevilla, lejos de mí. Intenté olvidarlo, seguir adelante, pero su recuerdo me perseguía como una sombra implacable.

Pasaron los años. Me convertí en una mujer, aprendí a vivir con el dolor de su ausencia. Me dediqué a ayudar a mi padre en los negocios familiares, a fortalecer el legado de los Vargas. Pero en el fondo de mi corazón, siempre guardé la esperanza de volver a verlo.

Una tarde, mientras revisaba unos documentos en el despacho de mi padre, encontré una carta. Era una carta anónima, escrita con una caligrafía elegante y precisa. La abrí con curiosidad y empecé a leer.

"Soledad, sé que ha pasado mucho tiempo, pero necesito verte. Tengo algo importante que contarte. Encuéntrame mañana a las ocho de la noche en el antiguo molino de la Alquería. No le digas a nadie. Tu vida podría estar en peligro".

El corazón me dio un vuelco. ¿Quién me había escrito esa carta? ¿Qué secreto ocultaba? ¿Y por qué mi vida estaba en peligro?

La duda me carcomía por dentro, pero la curiosidad era más fuerte. Decidí ir al encuentro, a pesar del riesgo. Necesitaba saber la verdad, aunque doliera.

A la mañana siguiente, me preparé para la cita. Me vestí con ropa oscura y discreta, me até el pelo en una coleta y me aseguré de llevar conmigo una pequeña navaja. No sabía qué me esperaba en el antiguo molino, pero estaba decidida a enfrentarme a cualquier peligro.

Al caer la noche, me dirigí al lugar indicado. El camino era oscuro y solitario, salpicado de árboles y matorrales. El silencio era sepulcral, interrumpido solo por el canto de los grillos y el ulular de los búhos.

Cuando llegué al molino, lo encontré en ruinas, abandonado a su suerte. Las paredes estaban agrietadas, el techo derruido y las ventanas tapiadas. Un escalofrío me recorrió la espalda.

Entré con cautela, con el corazón latiendo a mil por hora. El interior era oscuro y húmedo, impregnado de un olor a moho y a tierra. A tientas, avancé por el laberinto de pasillos y habitaciones, buscando a la persona que me había citado.

De repente, escuché un ruido. Un crujido de madera, un susurro, una respiración. Me detuve en seco y agucé el oído. El silencio volvió a reinar, pero yo sabía que no estaba sola.

"¿Quién anda ahí?", pregunté con la voz temblorosa.

Una sombra se movió en la oscuridad. Una figura emergió de entre las ruinas. Mi corazón se detuvo al reconocerla. Era Adrián.

Pero no era el Adrián que recordaba. Su rostro estaba marcado por el tiempo y la amargura. Sus ojos verdes ya no brillaban con la misma intensidad. Su mirada era fría y distante.

"Adrián", susurré con incredulidad. "¿Eres tú?".

Él asintió con la cabeza. "Sí, Soledad. Soy yo. He vuelto".

Un silencio incómodo se instaló entre nosotros. No sabíamos qué decir, cómo reaccionar. Éramos dos extraños, unidos por un pasado en común, separados por un presente incierto.

"¿Por qué me has citado aquí?", pregunté con cautela. "¿Qué es lo que querías contarme?".

Adrián respiró hondo y me miró fijamente a los ojos. "Tengo que contarte la verdad sobre la muerte de tu padre".

Mis piernas temblaron. "¿Qué quieres decir? Mi padre murió de un ataque al corazón".

Adrián negó con la cabeza. "No, Soledad. Tu padre fue asesinado".

Las palabras me golpearon como un mazazo. Sentí que el mundo se derrumbaba a mi alrededor. "¿Asesinado? ¿Quién lo mató?".

Adrián se acercó a mí y me susurró al oído: "Fue mi padre".

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