
Sangre en el Altar de Boda
By Carmen Fuentes
romance · 2026-04-23
Rosalía se casa con Dante, un poderoso jefe de la mafia colombiana, pero la ceremonia termina en horror cuando Dante asesina al cura. Rosalía se da cuenta de que se ha casado con un hombre peligroso y teme por su vida. Dante le asegura que nunca la lastimaría, pero su posesividad y la violencia que la rodea la dejan sintiéndose atrapada y asustada. Al final, Dante destroza la cama matrimonial, creando una escena caótica y amenazante que deja a Rosalía aterrorizada y anhelando, al mismo tiempo, el momento en que se sienta lista para entregarse a él.
Capítulo 1
El eco de un juramento roto
La sangre olía metálica y dulce, como óxido y cerezas maduras. Rosalía lo aspiró profundamente, el aroma impregnando el aire de la capilla abandonada mientras contemplaba el altar improvisado y el hombre arrodillado ante él. No un hombre cualquiera, sino Dante Moretti, el capo más temido de la costa colombiana, su futuro esposo.
El eco de sus votos matrimoniales aún resonaba bajo las vigas de madera carcomida. Habían jurado amor eterno, lealtad inquebrantable, protección mutua. Pero la promesa, recién nacida, ya estaba manchada de carmesí. A los pies de Dante, yacía el cuerpo inerte del cura, un charco de sangre tiñendo el suelo de baldosas desconchadas.
Rosalía tragó saliva, el nudo en su garganta apretando. No era la violencia lo que la asustaba. Había crecido rodeada de ella, hija de un hombre poderoso, acostumbrada al brillo frío del acero y al crepitar seco de las armas. Era la traición. La traición silenciosa en la mirada de Dante, la frialdad inhumana con la que había sesgado la vida del hombre que los acababa de unir ante Dios.
—¿Por qué, Dante?—preguntó, su voz un susurro tembloroso que apenas se elevó por encima del zumbido de las moscas.
Dante no se inmutó. Permaneció arrodillado, la cabeza gacha, como si estuviera rezando. Su impecable traje negro contrastaba cruelmente con el caos sangriento que lo rodeaba. El sol, filtrándose por una grieta en el techo, iluminaba la curva de su mandíbula y el afilado contorno de su nariz.
Finalmente, levantó la vista. Sus ojos, normalmente oscuros y penetrantes, estaban velados por una sombra que Rosalía no reconoció. Una sombra de cálculo frío y despiadado.
—Porque él sabía demasiado, Rosalía. Y en este mundo, el conocimiento es un arma peligrosa, especialmente en manos equivocadas—respondió, su voz un suave murmullo que apenas contenía un eco de arrepentimiento.
Rosalía sintió un escalofrío recorrer su espina dorsal. La respuesta era lógica, brutalmente práctica, pero no mitigaba el dolor que le atenazaba el pecho. Se había casado con un monstruo, un hombre capaz de ejecutar a sangre fría a un sacerdote minutos después de jurarle amor eterno. ¿Qué significaba eso para ella? ¿Cuánto tiempo pasaría antes de que ella también supiera "demasiado"?
—¿Y yo?—preguntó, su voz ahora más firme, desafiante—. ¿Yo también sé demasiado?
Dante se levantó lentamente, su imponente figura llenando el espacio entre ellos. Se acercó a ella, sus pasos silenciosos sobre el suelo manchado de sangre. Rosalía contuvo la respiración, esperando un golpe, una amenaza, cualquier cosa que confirmara sus peores temores.
En cambio, Dante extendió la mano y acarició su mejilla con suavidad. El contacto, tan tierno en un contexto tan macabro, la descolocó por completo.
—Tú, mi amor, eres mi esposa. Eres mi refugio, mi confidente, la madre de mis futuros hijos. Jamás te haría daño—dijo, su voz cargada de una sinceridad que Rosalía no sabía si creer.
—Pero… el cura…—balbuceó, incapaz de apartar la vista del cadáver a sus pies.
—Era un daño necesario—respondió Dante con frialdad—. A veces, mi amor, hay que ensuciarse las manos para proteger lo que es nuestro. Y tú, Rosalía, eres mía. Ahora y para siempre.
Rosalía se estremeció ante sus palabras. La posesividad en su voz era tan palpable como el hedor a sangre que impregnaba el aire. ¿Estaba realmente protegida o simplemente aprisionada en una jaula dorada, esperando su turno para ser sacrificada?
La ceremonia había sido organizada en secreto, lejos de miradas indiscretas, en una capilla olvidada en las afueras de la ciudad. Dante había insistido en la privacidad, alegando motivos de seguridad. Ahora, Rosalía entendía el verdadero motivo. No quería testigos de su brutalidad.
El sol se ocultaba tras las montañas, proyectando sombras largas y siniestras sobre la capilla. Dante la tomó de la mano, sus dedos entrelazados con los de ella. Su tacto era firme, seguro, pero Rosalía no podía evitar sentir una corriente subterránea de amenaza. Estaba casada con un hombre peligroso, un hombre capaz de cualquier cosa. Y ahora, ella era parte de su mundo, un mundo de secretos, mentiras y sangre.
Salieron de la capilla, dejando atrás el cadáver del cura y el eco de un juramento roto. Afuera, una camioneta negra los esperaba, con dos hombres armados de pie junto a las puertas abiertas. Dante la ayudó a subir, su cortesía un contraste grotesco con la escena que acababan de presenciar.
Durante el camino, Rosalía observó el paisaje a través de la ventanilla. Las luces de la ciudad brillaban a lo lejos, como estrellas caídas en la tierra. Se preguntó si alguna vez volvería a sentir la libertad, la inocencia que había perdido en esa capilla abandonada.
Llegaron a una imponente mansión en las afueras de la ciudad, rodeada de altos muros y vigilada por hombres armados. Era la casa de Dante, su fortaleza, el centro de su imperio criminal. Rosalía sintió un escalofrío recorrer su espina dorsal al cruzar el umbral. Había entrado en la jaula.
Dante la condujo a través de un laberinto de pasillos opulentos, decorados con obras de arte caras y muebles antiguos. El silencio era palpable, solo roto por el eco de sus pasos sobre el suelo de mármol. Rosalía se sintió observada, como si los ojos de los retratos la siguieran con curiosidad y desconfianza.
Llegaron a una gran puerta de madera tallada. Dante la abrió y la invitó a entrar. Era su dormitorio, una habitación lujosa y espaciosa con una cama enorme cubierta de sábanas de seda. Una chimenea crepitaba alegremente, llenando la habitación de una luz cálida y acogedora.
Dante cerró la puerta tras ellos y se volvió hacia ella. Sus ojos brillaban con una intensidad que Rosalía no supo descifrar.
—Bienvenida a casa, mi amor—dijo, acercándose a ella lentamente.
Rosalía retrocedió, sintiendo el pánico apoderarse de ella. No estaba lista para esto. No estaba lista para ser la esposa de un mafioso, para compartir su cama, para convertirse en parte de su mundo oscuro y peligroso.
—Dante, necesito tiempo—dijo, su voz un hilo de voz—. Necesito tiempo para procesar todo esto.
Dante se detuvo, su expresión imperturbable. La observó en silencio durante unos segundos, como si estuviera evaluando su respuesta.
—Entiendo, Rosalía—dijo finalmente—. Te daré el tiempo que necesites. Pero recuerda esto: eres mía. Y nadie, ni siquiera tú misma, puede cambiar ese hecho.
Se acercó a la chimenea y tomó un atizador de hierro. Rosalía observó con horror cómo Dante caminaba hacia la cama y comenzaba a rasgar las sábanas de seda con el atizador. Las rasgaba con furia controlada, desatando una lluvia de plumas blancas que llenaron la habitación.
—¿Qué estás haciendo?—preguntó Rosalía, su voz temblorosa.
Dante no respondió. Continuó destrozando la cama hasta que solo quedó un montón de plumas y un colchón harapiento. Luego, arrojó el atizador al fuego y se volvió hacia Rosalía.
—Ahora, esta cama está lista para nosotros—dijo, su voz ronca y amenazante—. Y cuando decidas que estás lista, mi amor, estaré esperando.
Se acercó a ella y la besó en la frente. Luego, salió de la habitación, dejándola sola en medio del caos que había creado. Rosalía se desplomó sobre una silla, sintiendo las lágrimas correr por sus mejillas. Estaba atrapada. Atrapada en un matrimonio infernal con un hombre que era tan atractivo como aterrador. Y lo peor de todo es que, a pesar del miedo y la incertidumbre, una parte de ella anhelaba la noche en que finalmente se sentiría lista para unirse a Dante en esa cama destrozada. Pero, ¿qué precio pagaría por ese deseo?