La Marca de Azrael

Chapter 3 — El Sacrificio de la Cicatriz

El aire se espesó, cargado con la energía palpable de Azrael que vibraba entre los antiguos muros del santuario. La mujer de la cicatriz, con sus ojos fríos como el hielo y un cuchillo ceremonial que brillaba con una luz inquietante en su mano, se interpuso entre Darío y Luciana. Su voz era un susurro cortante, una promesa de dolor. "Ella es mía ahora, viejo", siseó, su mirada fija en la herida que supuraba en el costado de Luciana, la fuente misma de la llamada de Azrael.

Darío rugió, una bestia primordial liberada. La furia helada que lo recorría era una tormenta a punto de desatarse. Ignoró las advertencias silenciosas de los otros cultistas, que retrocedían ante la aparición de la mujer, su fanatismo eclipsado por un miedo primordial. El líder de Los Devoradores, con su rostro contorsionado por la rabia y la confusión, intentó intervenir, pero Darío lo apartó con un golpe brutal que resonó por el santuario. Su atención estaba completamente enfocada en Luciana, en el peligro que la acechaba, y en la intrusa que se atrevía a reclamarla.

"Nunca la tendrás", escupió Darío, sus colmillos alargándose, el poder latente en su interior cobrando forma. Se lanzó hacia adelante, no contra la mujer, sino hacia Luciana, con el único propósito de sacarla de allí, de alejarla de la influencia de Azrael y de la cuchilla de la desconocida. Pero la mujer de la cicatriz era rápida, una sombra danzante. Bloqueó su camino con una agilidad sorprendente, el cuchillo describiendo un arco peligroso. El acero frío rozó la mejilla de Darío, dejándole un rastro de quemazón que ardía como hielo.

"No entiendes", dijo ella, su voz teñida de una urgencia inesperada. "Su sangre no es para Azrael. Es para despertar algo más. Algo que tú no puedes controlar".

Darío se detuvo. Las palabras de la mujer resonaron en la cacofonía de sus pensamientos. ¿Algo más? ¿Una agenda propia? La sospecha se unió a su furia. Miró a Luciana, pálida y temblorosa, pero con una chispa de desafío en sus ojos. La conexión entre ella y Azrael era innegable, pero si la mujer decía la verdad, el peligro era doble. No solo tenía que luchar contra la secta y la inminente llegada del ángel de la muerte, sino también contra esta enigmática figura.

En ese instante de vacilación, el aire del santuario vibró con una intensidad aterradora. Las sombras se retorcieron y alargaron, cobrando vida propia. Un susurro helado recorrió el lugar, un sonido que no provenía de ninguna garganta humana, sino de las profundidades de la existencia. Era Azrael llamando, sintiendo la sangre derramada, la puerta entreabierta. La mujer de la cicatriz levantó su cuchillo ceremonial, sus ojos brillando con una mezcla de terror y anticipación. "Demasiado tarde", susurró, y se giró hacia el epicentro de la energía que emanaba.

Darío sintió un escalofrío que nada tenía que ver con el frío de la noche. Algo terrible estaba sucediendo, algo que iba más allá de sus planes. Miró a Luciana, su corazón latiendo con una urgencia desesperada. Si Azrael se manifestaba por completo, no habría rescate posible. Estaba atrapado entre dos fuerzas mortales, con la mujer de la cicatriz desapareciendo en la creciente oscuridad y el poder del ángel de la muerte a punto de consumir el santuario. De repente, un grito agudo y desgarrador rompió el aire, un sonido de puro horror. No venía de Luciana, ni de la mujer de la cicatriz. Venía del líder de Los Devoradores, que ahora yacía inmóvil en el suelo, su cuerpo cubierto por una sustancia oscura y viscosa que se extendía como una plaga. Darío levantó la vista, solo para ver una figura sombría emergiendo de la penumbra, sus ojos brillando con una luz roja y hambrienta. No era Azrael. Era algo peor.