La Noche del Capataz

Chapter 4 — El Eco de los Olivos

El corazón de Renata martilleaba contra sus costillas, un tambor desbocado en el silencio aterciopelado de la noche. El ruido, un crujido insignificante de una rama seca bajo su pie, había sido un grito en la quietud. Gabriel se detuvo en seco, la cabeza girando bruscamente hacia el oscuro dosel de los olivos. Sus ojos, acostumbrados a la penumbra, escudriñaban el lugar donde ella se había escondido, buscando la fuente del sonido.

Renata contuvo la respiración, cada músculo tenso, rezando a deidades olvidadas para que la oscuridad la ocultara por completo. Temía su mirada, no por el castigo, sino por la repentina intimidad que podría surgir si sus ojos se encontraban. El aire se espesó, cargado de la tensión de lo que casi fue descubierto. Podía sentir su presencia, una energía vibrante que la atraía y la aterrorizaba a partes iguales.

Unos minutos que parecieron una eternidad pasaron en un silencio cargado. Finalmente, Gabriel exhaló, un suspiro apenas audible que se perdió entre las hojas. Parecía resignado, o quizás simplemente cauteloso. "¿Quién anda ahí?" Su voz, aunque baja, resonó con una autoridad inesperada, desprovista de la melancolía con la que ella lo había oído tocar la guitarra.

Renata permaneció inmóvil, paralizada por el miedo y una punzada de vergüenza por su torpeza. El riesgo de ser descubierta era inmenso. Si Don Sebastián se enteraba, las consecuencias serían catastróficas, no solo para ella, sino para Gabriel. Su padre, Don Rafael, no dudaría en tomar medidas drásticas para proteger el honor de la familia y el acuerdo matrimonial.

Sin embargo, la idea de desaparecer en la noche sin que él supiera que ella había estado allí, de dejar que su padre creyera que había sido un animal o el viento, le provocó una punzada de decepción. Ella lo había buscado. Había cruzado la finca en plena noche, desafiando la prohibición implícita, solo para oírlo. Y ahora, el destino, o más bien su propia imprudencia, la había puesto en esta situación.

Decidió que no podía huir sin más. Respiró hondo, recogiendo todo su coraje. "Soy yo, Gabriel", susurró, su voz temblando ligeramente mientras daba un paso tentativo fuera de las sombras de los olivos. "Renata."

Gabriel se giró por completo, sus ojos se abrieron con sorpresa al verla emerger de la oscuridad. La luz de la luna, filtrándose a través de las ramas, iluminó su rostro, revelando una mezcla de incredulidad y algo más, algo que Renata no pudo descifrar pero que la hizo sentir expuesta. Él dio un paso hacia ella, sus ojos nunca dejando los suyos, una pregunta silenciosa suspendida en el aire entre ellos.

"¿Qué haces aquí?" preguntó, su voz ahora teñida de preocupación genuina, el tono de advertencia de su padre olvidado por un instante. "Es peligroso."

Renata sintió un rubor subir por su cuello. "Lo sé", admitió, su mirada desviándose momentáneamente hacia la inmensidad del cielo estrellado. "Pero… necesitaba escucharte tocar. Y quería… quería saber si estabas bien."

La admisión colgó en el aire. Gabriel la miró fijamente, la distancia entre ellos disminuyendo. Podía oler el tenue perfume de las flores de azahar en su cabello, un aroma embriagador en la noche. Sus propios instintos le gritaban que la protegiera, que la apartara del peligro que él mismo representaba. Pero la atracción era un imán poderoso, y la vulnerabilidad en su voz, la audacia de su presencia allí, lo estaban desarmando.

Extendió una mano, dudando por un segundo antes de rozar suavemente su mejilla con el dorso de sus dedos. La piel de Renata reaccionó al contacto, un escalofrío recorriendo su espina dorsal. Se inclinó instintivamente hacia su toque, sus ojos cerrados por un instante, saboreando esa única chispa de conexión prohibida.

Justo cuando sus labios estaban a punto de encontrarse, un sonido distante rompió el hechizo: el relincho de un caballo, seguido por el estruendo de pasos apresurados. Provenían de la dirección de la casa principal. La cara de Gabriel se endureció, la preocupación reemplazando la ternura. "Nos han oído", siseó, retirando su mano bruscamente. "Tienes que irte. ¡Ahora!"

Renata lo miró, el pánico apoderándose de ella. Miró hacia la casa, luego de vuelta a Gabriel, su mente corriendo para encontrar una explicación, una escapatoria. Pero antes de que pudiera articular una palabra, una figura emergió de las sombras más profundas, bloqueando el camino de regreso a la hacienda. Era Don Sebastián, su rostro una máscara de furia helada a la luz de la luna.