El Aroma Prohibido de las Madreselvas Blancas

Chapter 2 — El Eco del Bosque Llora Su Nombre

El olor acre del pino y la tierra húmeda se aferraba a Daniela, un consuelo amargo contra el hedor fantasmal que aún persistía en el aire donde Damián había luchado. Cada respiración era una punzada, un recordatorio de la criatura sombría y del hombre que había sido su destino, ahora marcado por el rechazo. Había huido, sí, pero no por cobardía. Había huido porque el instinto primario de supervivencia, avivado por la advertencia críptica de su abuela, gritaba peligro. Peligro que iba más allá de un corazón roto.

La cabaña de la Abuela Elvira era un santuario de madera vieja y hierbas secas. El humo de la chimenea perfumaba el aire con una mezcla reconfortante de salvia y romero. Al entrar, Daniela se encontró rodeada por la quietud sabia de la anciana, quien la observaba con ojos que parecían haber presenciado el paso de innumerables lunas.

"Te aferras al pasado, pequeña curandera," dijo la Abuela Elvira, su voz un murmullo rasposo como hojas secas al viento. "El olor a lobo salvaje y miedo te persigue. Pero ese no es el único aroma en este bosque."

Daniela se sentó en el taburete de madera desgastada frente a la chimenea, sus manos temblaban ligeramente mientras las frotaba en busca de calor. "No entiendo, Abuela. Damián me ha herido más profundo que cualquier garra. ¿Y esa criatura? Parecía... antinatural. Algo que no pertenece a nuestro mundo."

La Abuela Elvira asintió lentamente, sus ojos fijos en las llamas danzantes. "Lo que viste, Daniela, es solo una sombra de lo que acecha. El linaje de los Alfas, como el de Damián, está ligado a la fuerza de la manada. Pero esa fuerza tiene un precio, y a veces, las antiguas deudas cobran interés."

"¿Deudas? ¿Qué deudas?" La voz de Daniela era un hilo apenas audible. La advertencia de la Abuela Elvira resonaba en su mente: "Hay cosas que los lobos no deben olvidar, cosas que permanecen ocultas bajo la piel de la luna."

"Hay secretos que la manada Patricia Nueva ha enterrado más profundo que las raíces de los árboles más viejos," continuó la Abuela Elvira, su mirada volviéndose penetrante. "Secretos sobre la sangre que corre por las venas de Damián, sobre el verdadero poder que se esconde en la oscuridad que él enfrentó. Tú tienes una conexión con él, Daniela, una que va más allá del vínculo de pareja. Una conexión antigua, tejida con hilos que ni siquiera tú puedes comprender todavía."

Daniela se levantó abruptamente, su corazón latiendo con una mezcla de temor y una curiosidad incontrolable. "¿Qué significa eso? ¿Por qué me dices esto ahora, después de que él... después de que me rechazó?"

"Porque el rechazo es solo el principio de tu camino, no el final," replicó la Abuela Elvira. "El destino de Damián está entrelazado con esa oscuridad. Y tú, mi querida curandera, eres la única que puede ver las verdaderas cicatrices, las que no se curan con simples ungüentos."

Las palabras de la Abuela Elvira flotaban en el aire, pesadas con significado oculto. La imagen de Damián, su rostro contorsionado por el dolor mientras luchaba contra la criatura, regresó a la mente de Daniela. ¿Era posible que el hombre que la había despreciado públicamente estuviera librando una batalla mucho más terrible? ¿Y cómo encajaba ella en todo eso?

Tres días después, la vida en la cabaña de la Abuela Elvira transcurría con una calma tensa. Daniela se dedicaba a sus tareas de curandera, recolectando hierbas en los límites del territorio de la manada, pero su mente divagaba constantemente. El recuerdo del rechazo seguía siendo una herida abierta, pero ahora se mezclaba con la inquietud que las palabras de la Abuela Elvira habían sembrado. Cada crujido de hojas, cada aullido distante, la ponía en alerta.

Mientras recogía raíces cerca de un arroyo serpenteante, un sonido diferente rompió la monotonía del bosque: el sonido inconfundible de pasos apresurados, pesados, acompañados de jadeos entrecortados. Ocultándose detrás de un denso arbusto de bayas silvestres, Daniela observó con cautela. Era Patricio, el padre de Damián, el Alfa actual. Parecía agotado, con la ropa rasgada y un rastro de sangre seca en la mejilla.

Patricio miró a su alrededor, sus ojos escaneando el área con una urgencia desesperada. Parecía estar buscando algo, o a alguien. Luego, para sorpresa de Daniela, se detuvo justo al borde del claro donde ella se ocultaba y sacó un pequeño objeto de un bolsillo interior de su chaqueta. Era un colgante de plata con la forma estilizada de un lobo, idéntico al que Damián llevaba siempre consigo, el símbolo de su linaje. Lo levantó, como si fuera a arrojarlo, pero luego lo apretó con fuerza en su puño, sus nudillos blancos. Se quedó allí un largo momento, su cuerpo tenso, antes de dejar caer el brazo con un suspiro de derrota.

"No puedo... no puedo dejar que nadie más sufra por esto," murmuró Patricio, su voz cargada de una angustia que Daniela podía sentir hasta en sus huesos. "Damián debe entender. Debe saber la verdad antes de que sea demasiado tarde."

¿Qué verdad? ¿La misma verdad que la Abuela Elvira había insinuado? El colgante. ¿Por qué Patricio lo tenía? ¿Y por qué lo había llevado hasta este lugar tan alejado?

De repente, Patricio se enderezó, su cuerpo adoptando una postura defensiva. Un gruñido bajo escapó de su garganta. Daniela siguió su mirada, tensándose al sentir una presencia ominosa que se acercaba, una sombra que se deslizaba entre los árboles, no como la criatura que atacó a Damián, sino algo más sutil, más sigiloso.

"¿Quién anda ahí?" gruñó Patricio, su voz tensa, preparada para el combate. No hubo respuesta, solo el crujido de las ramas bajo el peso de una fuerza invisible. La sombra se hizo más densa, materializándose lentamente en una figura alta y encapuchada. El aire se volvió gélido.

Daniela contuvo la respiración, su corazón martilleando contra sus costillas. El hombre encapuchado levantó una mano, y de la manga oscura de su túnica se deslizó una larga y delgada cuchilla, que brilló débilmente a la luz filtrada del sol. La intención era clara, la amenaza palpable. Patricio se preparó para defenderse, pero antes de que pudiera lanzar su ataque, la figura encapuchada habló, su voz sorprendentemente suave, casi seductora.

"Patricio. El Alfa. Qué conveniente encontrarte aquí. Tengo un mensaje para tu hijo. Y un regalo."

La figura dio un paso adelante, revelando un rostro pálido y afilado, con ojos oscuros y penetrantes que parecían absorber la luz. Y en su mano, junto a la cuchilla, no sostenía un arma, sino un pequeño trozo de pergamino enrollado, atado con un hilo de seda negra. Un pergamino que, al extenderse bajo la mirada atónita de Patricio, revelaba un único símbolo: una luna creciente con una lágrima cayendo de ella. Un símbolo que Daniela conocía, un símbolo que la Abuela Elvira le había mostrado una vez en un antiguo libro, un símbolo que representaba un pacto olvidado, un pacto que se rumoreaba que había sido sellado con sangre y sacrificio, un pacto que vinculaba al linaje del Alfa con algo mucho más oscuro de lo que nadie en la manada Patricia Nueva se atrevía a admitir.

El hombre encapuchado sonrió, una sonrisa que no alcanzaba sus ojos. "Tu hijo ha rechazado su destino. Pero su destino, y el tuyo, aún tienen un precio que pagar. Y nosotros, los que recordamos, hemos venido a cobrarlo."