Tu Risa Entre las Ruinas de Granada

Chapter 3 — El Susurro de los Jazmines en la Noche

El sonido del rasguño en la puerta del balcón resonó en el silencio tenso de la habitación, un crujido agudo que heló la sangre de Minerva. Sus ojos se clavaron en los de Javier, buscando una explicación, una señal de peligro compartido. Él, con la misma rigidez de quien escucha un ladrido desconocido en la quietud de la madrugada, se movió instintivamente hacia la puerta, su mano enguantada tanteando el pomo frío.

—¿Quién anda ahí? —su voz, grave y resonante, rompió la burbuja de asombro en la que habían estado suspendidos.

No hubo respuesta. Solo el susurro del viento entre los jazmines que trepaban por la pared del cármen contiguo, un aroma dulce y penetrante que ahora parecía burlarse de su inquietud.

Javier abrió la puerta de golpe. El balcón estaba vacío. Las sillas de mimbre, la pequeña mesa de hierro forjado donde minutos antes reposaba la taza de té de Carmen, todo estaba bañado por la pálida luz de la luna que se filtraba entre las ramas de los naranjos. No había rastro de nadie. Ni una sombra que se escabullera, ni una huella en la arena fina que cubría el suelo del balcón.

—Debe haber sido un gato —murmuró Javier, aunque la convicción no teñía sus palabras. Sus ojos recorrían el oscuro laberinto de callejones y tejados que se extendía más allá del hotel, una mirada que delataba una profunda desconfianza.

Minerva sintió un escalofrío recorrerle la espalda. No era la primera vez que sentía esa punzada de inseguridad en Granada, pero esta vez era diferente. Había algo en la forma en que Javier la observaba, una mezcla de cautela y una intensidad que la desarmaba, que la hacía sentir expuesta, vulnerable.

—Un gato —repitió ella, su voz apenas un susurro. Se acercó a la barandilla, sus dedos rozando el metal frío. Abajo, las luces del Albaicín parpadeaban como estrellas caídas, y el murmullo lejano de la ciudad parecía ocultar secretos antiguos.

Javier se giró, su mirada fija en ella. El aire se cargó de una electricidad palpable, de las palabras no dichas, de los diez años de silencio que se extendían entre ellos como un abismo. La luz de la luna delineaba el contorno de su rostro, acentuando la dureza de su mandíbula y la profundidad de sus ojos.

—No deberías haber vuelto, Minerva —dijo finalmente, su voz baja y cargada de una emoción que ella no podía descifrar. No era una advertencia, ni un reproche. Era algo más complejo, algo que resonaba con el eco de su propio miedo.

—Quizás tengas razón —respondió ella, su corazón latiéndole con fuerza contra las costillas. La frase de Javier, cargada de un significado oculto, la dejó descolocada. ¿Se refería a él, a su pasado juntos, o a algo más siniestro que se escondía en las sombras de Granada?

De repente, un leve movimiento en el extremo del balcón captó su atención. Una sombra se deslizó entre las macetas, y un leve tintineo metálico sonó de nuevo. Esta vez, estaba segura. No era un gato. Era algo, o alguien, observándolos desde la oscuridad.